Lamentamos comunicarle que durante este año no ha cumplido con sus objetivos
Si yo fuese un bebé, y mi mamá quien dijese esto, pensaría que ella no tenía unas expectativas apropiadas sobre mí.
Si tuviese entre 3 y 5 años, el anterior comunicado no supondría más que una cruz en la casilla de NECESITA MEJORAR o NO CONSEGUIDO.
Si estudiante de Primaria o Secundaria, tendría en mi boletín de notas un número entre 0 y 4, o un INSUFICIENTE; sería objeto de refuerzos educativos, adaptaciones curriculares, repetiría curso,…
Si fuera bachiller o universitaria, me permitiría un año más de holgazanería para disfrutar de la vida y del amor.
Si estuviese frente a mi superior, en el transcurso de una entrevista de evaluación del rendimiento, implicaría renunciar al bonus de productividad, una demora en mi plan de promoción o, más sutilmente, la invitación a buscar otro empleo con más posibilidades de desarrollar mi carrera profesional.
En cualquier caso, contaría con tiempo, más tiempo para alcanzar mis objetivos, cumplir mis compromisos con terceros, o podría protestar indignada, juzgar injustas las valoraciones…
Pero cuando el objetivo es personal, el compromiso con una misma está sujeta a la voluntad de otra persona, a las leyes y ciclos de la naturaleza, y le has puesto fecha de caducidad… Entonces, no. No basta con desearlo muy mucho, como los niños, para que se cumplan tus objetivos. No basta con esforzarte al máximo. No puedes repetir curso.
Da igual que la cría anterior dejase hace tiempo los brazos de su madre para caminar sola y el pecho ya no brote como una fuente. Da igual que el furor uterino clame con fuerza, que en el torrente sanguíneo fluyan las hormonas del amor, la hembra busque al macho que la fecunde,… Da igual todos esos indicios. Que el cuerpo se prepare para ofrecerte la última oportunidad reproductiva, que el deseo de una nueva maternidad sea, más que físico y sensual, un proyecto vital.
No importa el compromiso personal con el embarazo y la crianza. Una mujer soñando con su vientre nuevamente abultado, imaginando parir en su cueva, a un bebé sano, biológico, ecológico y de bajo consumo, dedicarle todo su tiempo y ternura, aquel que escatimó a sus anteriores crías. No están los tiempos para esto, no. Es tiempo de hijos programados, vidas programadas, y ritmos vertiginosos. Pero los hijos vienen cuando ellos quieren, al menos así llegaron antes a este cuerpo añoso, advirtiendo la naturaleza, una vez más, que no nos pertenecen, que no son nuestros, aunque les demos la vida.
Nosotros, animales racionales, inventamos el reloj, el tiempo y los límetes de tiempo, a pesar de lo que indique el reloj biológico. Sufrimos la incertidumbre, el temor a lo desconocido, el estado de alerta constante heredado de tiempos de las cavernas. Ahora tememos lo conocido, los datos, los estudios científicos y las estadísticas, que alertan sobre múltiples riesgos. Creamos las normas sociales, la moral, que indica que no es tiempo ya… Y el miedo nos atenaza.
Siento desmembrarme, saltar en mil pedazos, como el pequeño pingüino, ante el estridente sonido de la alarma. La esperanza toca su fin. Tendré que buscar cada trozo de mí misma depositado en el espacio y… RECONSTRUIRME.
Tendré que volver a pensar en objetivos cuantificables, alcanzables,… En bonus de productividad y rentabilidad económica. Volver al ruedo.
